Descripcion:-Es cierto. No remo. Siempre rema Pancho
-Es imposible llegar
-Hacia Barbados. De momento practicando
- Pero... ¿Este tío se ha vuelto loco?
- El mar es imprevisible. Ahí no tienes por dónde huir. En alta mar. ¿Para dónde voy si hay un temporal?
- Señoras y señores. Pancho se ha vuelto loco. ¡Está bailando!
- No creo que lo consigan
- Sí tío... ¿Estás loco o qué? ¿Cómo van a cruzar el Atlántico?
- Una locura. No llegan
- Loco de atar
- Una barbaridad
- No nos hagan pasar tantas angustias
- Y llegó el momento señoras y señores
7 de octubre de 2001
10 de la mañana,
costa sur de Tenerife
Es la hora de marcharse. Atrás han quedado los largos días de preparación, los esfuerzos continuados durante más de dos años para emprender la aventura de cruzar el Atlántico a remo. Y un destino: La isla de Barbados, al norte de Venezuela.
Y ha llegado el momento. Apretones de manos, abrazos y palabras de ánimo. Muchas emociones entre el miedo y las ganas de quedarnos, de continuar como siempre, compartiendo la vida con tus amigos, tu familia, disfrutando de la vida normal y cotidiana. Pero ya es tarde. La magia imperecedera de la mar estriba en lo esencial de sus mitos aventureros. La fascinación del mar par el hombre, con esos espacios maravillosos fuera del tiempo donde son posibles las utopías y donde se guardan los tesoros soñados por la mente.
La aventura en su estado puro es siempre una búsqueda, un viaje, una iniciación. ¿Qué mayor aventura para un isleño que adentrarse en el mar y romper esos barrotes en forma de olas que le aprisionan continuamente? ¿Qué mayor aventura que buscar la otra orilla a través de un elemento que desconoce y siempre sorprende en pos de un tesoro cuya conquista exige vencer numerosos peligros, ejercitar el valor y la fe, la lealtad y la agudeza?. Así son los retos y así lo asumimos aquel 7 de octubre.
Remar y remar. Remar y remar. Volver a remar y remar. De día, de noche... Cada tres horas nos relevamos. Pasan sólo unos días y ahora empezamos a estar seguros de que nuestro remar y remar tiene que ser un castigo. Es que tiene que serlo. "¿Qué condena están cumpliendo?", nos pregunta cada noche el mar. Le explicamos nuestras razones. Entonces ríe, se burla, no nos cree, piensa que estamos locos. Son tantos los que lo piensan...
- Estoy cruzando la línea de la mitad del Atlántico. Espera un momento... Ya. Ya la crucé.
Al amanecer, te encuentras en un lugar que no aparece en los mapas y te sientes un descubridor. Te dan ganas de decir aquello de "un pueño paso para el hombre", pero ¡es que no hay tiempo! Tienes que volver al remo, a soportar el calor, el dolor de las piernas, la falta de agua, las llagas que empiezan a aparecer ya en las palmas de las manos. Consigues vencer el cansancio y te sientes feliz. Por un momento. Es sólo un instante porque enseguida vuelve la realidad; el remar torturante, los movimientos fatigados. Contemplas el rostro de tu compañero, lívido, torturado por el calor intenso mientras persiste en su bogar parsimonioso, en el ritmo acompañado de sus brazos alentado por esa senda de esperanza en la que cada movimiento se convierte en una plegaria, en la que cada gota de sudor sirve para borrar algún pecado o saldar alguna antigua deuda.
- Vigésimosegundo día y... nada. Muchas millas por recorrer. El Atlántico es mucho Atlántico. Mucho océano. Cuando se habla de un océano se tiene que hablar con respeto.
Falta aún mucho para la meta. No importa. Los auténticos navegantes no descansan, no sonrien, no hablan, tampoco beben. Solo se acomodan para seguir remando y reafirmarse en su condición de hombres atormentados que buscan un milagro cargados sólo con su austero equipaje. Un equipaje de sudor y cansancio, sus manos apergaminadas por el salitre y las horas de esfuerzo continuado. Al llegar la noche, miras al cielo mientras remas, buscas una estrella para hablar con ella, la ves brillar muchísimo y piensas que va a iluminar tus plegarias. Y le dices a las estrellas que aquello tienes que contarlo, que ha de saberse. Y un día, cuando ya estas seguro de haber acometido lo imposible, cuando has perdido la fe, cuando todo te da igual, cuando ya no quedan preguntas, ves, a lo lejos, aparentemente en el infinito, una mancha en el mar. Y de repente se rompe la rutina, se abre la esperanza, se vuelve a vivir. ¡Es tierra! Ha llegado y todo se olvida. Los dos meses de remar y remar ya no existen. Vuelve la risa, desaparece el cansancio. Se alzan las manos. Grita y lloras de emoción, de alegría. Y entonces, entonces más que nunca, está convencido que tiene que contarlo. ¡Que el hombre tiene que saberlo!